ANA VÁSQUEZ

Ver Perfil

Empoderamiento, desde una visión integral

Sin lugar a dudas, a las mexicanas nos ha costado mucho acceder a la vida laboral. Todavía en los años setentas la máxima aspiración laboral para la mayoría era convertirse en secretaria ejecutiva y tener un buen jefe, porque difícilmente había una jefa mujer, y no sólo en el ámbito privado; basta recordar hechos tan ilustrativos en el ámbito público, como el que la primera gobernadora fuera electa en Colima hasta 1979, la maestra Griselda Álvarez.

De acuerdo con el Banco Mundial, a nivel global en los últimos 10 años se han logrado avances importantes en la materia; entre los más relevantes se encuentran que 131 países introdujeron 274 reformas a las leyes y reglamentaciones para favorecer la inclusión económica de la mujer.

En el México de nuestros días, la población económicamente activa asciende a 56 millones de personas, de las cuales, de acuerdo con el cuarto trimestre de 2018 registrado por la Secretaría del Trabajo, las mujeres representan el 39% de la fuerza laboral del país, tan sólo 4 puntos porcentuales más que en el mismo período del año 2000. Asimismo, es relevante que las empresarias representan 16% de este sector y, sin embargo, aportan 37% al Producto Interno Bruto (PIB).

Pese a las persistentes brechas, cada vez es más común en los hogares mexicanos que mujeres y hombres trabajen y contribuyan con los gastos familiares. Sin embargo, la vida laboral ha presentado nuevos retos para las mexicanas, a los cuales debemos prestar atención para que podamos promover un verdadero empoderamiento, un empoderamiento integral. La realidad de millones de mujeres trabajadoras es que el acceso al empleo les ha dado una autonomía parcial, porque para poder ganar un salario (que en gran medida sirve para cubrir gastos) ellas hacen doble jornada en tareas de cuidado, antes de irse a trabajar y al llegar a casa. ¿Cuántas mujeres se levantan a las 5 de la mañana, o antes, a hacer el desayuno de la familia y dejar preparada la comida antes de irse a trabajar? ¿A cuántas más al llegar a casa les espera lavar y planchar ropa, preparar cena más las tareas que se acumulen?

Si a ello le sumamos otras afrentas como el acoso al que muchas se enfrentan desde el traslado a su centro de trabajo y en el propio trabajo ya sea sexual o propiamente laboral; o las situaciones frustrantes e injustas como el llamado techo de cristal que inhibe su desarrollo, o el tener que pensar y repensar una estrategia para no pasar desapercibidas en las juntas, “ganarse” el derecho a participar en las reuniones, y que derivado de dichas situaciones, es común en muchas el “síndrome del impostor”, que las hace sobrecargarse de trabajo, dar siempre el 200% y aun así no interiorizarse como merecedoras de éxito, porque pareciera que una mujer constantemente debe dar pruebas de su valía.

¿Podríamos hablar entonces de un verdadero empoderamiento? Porque el empoderamiento abarca aspectos más allá del mero acceso laboral. De acuerdo con el Glosario de la ONU, el término se refiere a tener el poder y control sobre la propia vida. Implica un autoconocimiento que reconozca potencialidades, desarrollar autoestima y tomar acciones de autocuidado, como: cuidar la alimentación, programar tiempo libre para actividades que nutran como el descanso, el ejercicio, el ocio y la cultura. Sí, no todo puede ser familia y trabajo, no es sano.

Por la parte estatal hay mucho más por hacer como promover el que las mujeres puedan acceder a recursos, como la tierra, créditos y propiedades, un reto particularmente complejo en contextos de interculturalidad como en Oaxaca, donde en muchas comunidades estos derechos les son negados a las mujeres por asamblea. Indispensable promover políticas laborales orientadas a conciliar las facetas productivas y reproductivas de las mujeres, donde no haya disyuntiva entre ser madre o ejercer la profesión, ni donde ser mujer trabajadora sea sinónimo de explotación.

De esto se trata una verdadera igualdad de oportunidades, que al final del día es en conveniencia de la sociedad en general, pues como bien lo ha expresado Kristalina Georgiva, Presidenta Interina del Grupo Banco Mundial: “Si las mujeres tuvieran igualdad de oportunidades para desarrollar todo su potencial, el mundo no solo sería más justo, sino también más próspero”.

En resumen, es necesario repensar las estrategias de empoderamiento de las mujeres, para que su acceso a la vida laboral sea visto como el inicio de un camino de superación, no sólo en términos económicos sino socioculturales, pues, al fin y al cabo, el resultado del empoderamiento debe derivar en la autonomía y plenitud, si no, no es.

Ana